miércoles, 29 de septiembre de 2010
Hace unos meses, en uno de los comentarios del libro Madrid, de corte a Checa, Jajaja, me recomendó la lectura de este libro. En agosto, llegó a mis manos vía regalo y muy bien recomendado. He terminado de leerlo hoy y agradezco las recomendaciones y, especialmente, el regalo, porque me lo he pasado extraordinariamente bien leyendo este libro.

Cuando una estudia las biografías de los autores en los libros de texto, rara vez pasan de ser un nombre acotado por dos fechas y una lista de obras que han pasado a la Historia con más o menos fortuna. Leer este libro me ha dejado sin escritores en un pedestal (menos Bécquer, claro), pero me los ha hecho mucho más humanos y menos envidiables, no sé si me explico. Las tertulias literarias de El Colonial, La Pecera, el Pombo... quedan, en muchos casos, reducidas a reuniones de borrachuzos que no se pueden tener en pie y que son profundamente desgraciados, cada cual a su manera.
Lo que más me gusta de la novela es la delicadeza y la finura con la que el autor le corta un traje en menos de dos minutos a cualquiera que conoce. Bajo una apariencia de bondad y humildad, se esconde una mirada incisiva y una pluma que es más bien un escalpelo. Pocos son los autores que se libran de su crítica, del comentario mordaz: Rubén Darío (el retrato que hace de él es, simplemente, desolador), Villaespesa, Valle-Inclán, Unamuno, Juan Ramón Jiménez (creo que el único por el que siente un afecto y admiración sinceros, aunque termine censurando algunos comportamientos a raíz de su matrimonio con Zenobia), los Machado, Gómez de la Serna (al que da estopa a base de bien), la Colombine (cuyo final no tiene desperdicio), Concha Espina, Azorín, Baroja, Borges (por desgracia, sólo mencionado de pasada a pesar de la devoción del argentino por el autor del libro), Felipe Trigo, Blasco Ibáñez, el pobre Galdós, la saga de los Sawa, Torcuato e Ignacio Luca de Tena (que no salen muy bien parados tampoco), Victoria Kent... Todo el que fue o quiso ser algo en ese periodo, aparece en la obra.
El mundillo literario, en general, puesto al desnudo, visto desde dentro: la concesión de premios, el funcionamiento de los periódicos (otro de los aspectos que más me ha gustado), la publicación de las obras, los egos enfrentados, las amistades por conveniencia, lo efímero de las admiraciones juveniles, los cambios por los que, inevitablemente, pasamos sin darnos cuenta de ello a menos que miremos hacia atrás. También tiene el autor momentos de ternura, reflexiones que demuestran su humanidad, a veces diluida entre tanta crítica corrosiva.
El estilo es claro, sencillo, pero no por ello simple. El sarcasmo y la ironía (con acertadas metáforas al servicio de ambos) recorren todo el libro, lo que ayuda a que la lectura sea muy amena.
Absolutamente recomendable. Lo que decía al principio: "enseñar, agradar y animar".